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domingo, 22 de enero de 2017

La sombra de las horas. Relato.


Y un día nació La sombra de las horas, y llegaron también marcapáginas y momentos inolvidables. No es nostalgia de aquel tiempo, es agradecimiento. Es compartir con vosotros, una vez más, antes de vivir ese futuro que está a la espera, tras la puerta. Os dejo con el relato que da título al libro. Gracias.

I

Cuando el interventor golpeó la puerta del compartimento con los nudillos,  estaba profundamente dormido. Al despertar recordé por completo el sueño en el que me veía inmerso. Como tantas otras veces me ocurría, instantes después se me borró hasta la última imagen de él, aunque me quedó un sabor muy agradable, de enorme bienestar. Lo que últimamente no era mi costumbre.
-Perdone, señor, en cuarenta y cinco minutos llegamos a París.
Entreabrí la puerta, descorriendo la cadena, y por la rendija recogí el billete y el pasaporte.
-Aún dispone de treinta minutos antes de que cierren el restaurante, señor.
-Muchas gracias. En cinco minutos estoy allí.
Por nada del mundo quería perderme el desayuno. El traqueteo nocturno del tren me había avivado el apetito. Por más que lo intenté no logré acordarme de nada de lo soñado. Me refresqué la cara con el agua del pequeño lavabo contiguo a la ventanilla y me vestí.
El coche de los desayunos estaba situado justo al lado del mío.
-Buenos días, señor. Puede colocarse en cualquiera de estas dos mesas.
Eran las dos únicas mesas que estaban preparadas. Comprobé que desde la de mi izquierda no podría contemplar la salida del sol. Elegí la de mi derecha. En ese preciso instante el sol apareció por encima de las chimeneas de las casitas unifamiliares que manchaban el paisaje. No tenían nada que ver con las construcciones que estaba acostumbrado a ver por la zona de la periferia de Madrid, estas tenían una arquitectura totalmente distinta. Me gustaban. Era mi primera salida al extranjero. Ya no me avergonzaría más cuando me preguntasen qué países conocía, por lo menos de Francia podría hablar.
El juego de luces que propiciaba el amanecer, al traspasar el recién nacido sol los cristales empapados por el rocío, le daba un tono mágico al vagón. Fue cuando la vi. Se llevó la taza a la boca y me miró con sus enormes y redondos ojos negros. La distancia no me permitió ver con claridad sus facciones. Estaba en la mesa del final del vagón, justo enfrente de mí. 
-Caballero, ¿prefiere té o café?
Tan absorto estaba en aquella mujer que no advertí al camarero acercándose con la bandeja del desayuno.
-Perdón. Café. Con leche templada, por favor.
Mi mirada regresó hacia ella y ya solo vi su figura desaparecer por la puerta que daba al vagón cafetería. Apenas si degusté el exquisito cruasán. No dejaba de pensar en aquella mujer.
El tren se detuvo y bajé de inmediato. Pasé al lado del vagón cafetería y comprobé que había tres coches más hasta llegar a la locomotora. Aflojé el paso. Ella debía de salir de una de esas puertas. Pero no la vi. Al acabar el andén paré y me volví. Tampoco la vi entre la gente que, cargada con sus maletas, se acercaba hacia donde yo estaba. En ese momento intenté recordarla en el placentero ensueño que había concluido bruscamente el interventor.
“Esto de cambiar de país no te ha sentado muy bien”, pensé, y con ello di por finalizada la búsqueda.
Ya me habían advertido que el Metro de París circula en dirección contraria al de Madrid. Mejor dicho, en Madrid hacemos como los ingleses, al revés del mundo, pero solo con el Metro. Los trenes entran en la estación por la derecha. En París por la izquierda. No me resultó tan extraño. La verdad es que siempre he tenido el problema de no saber por dónde aparecen los trenes. Debía bajarme en “Grands Boulevards”. Allí tenía reservada la habitación, en un hotel de tres estrellas de una cadena española. Me habían hablado muy bien de él. Estaba situado a la  salida de la boca del Metro, en la esquina de la “rue” Montmartre con el “boulevard” del mismo nombre.
Resulta agradable decir buenos días y que te contestasen “bue-nos dí-as”. Sobre todo para alguien que la única lengua no materna que conoce, y poco, es el inglés. No tuve que hacer uso de mis cuatro frases prefabricadas en el idioma de Shakespeare.
Al volver a poner los pies en la calle experimenté una sensación nueva, de caminar por otro mundo, por otro planeta. Hasta el aire me parecía distinto. Y no dejaba de ser una gran ciudad, como Madrid. Era la primera vez que me separaban más de mil doscientos kilómetros de mi gente. Notaba la distancia en cada movimiento, en cada mirada. Decidí perderme el resto del día entre las grandes avenidas y los parisinos.


II

Comenzar el día con ese dulce sabor de boca no era lo habitual en mí. Pero otra vez, para mi fortuna, me había ocurrido. Ni rastro de alguna escena que pudiese darme la pista para poder desengranar el sueño. Aunque rondaba por mi cabeza con más fuerza la figura de la mujer del tren.
En los últimos tiempos me había habituado a las pesadillas y este cambio tan repentino me tenía desconcertado. Acerté con la elección de este viaje, estaba seguro. También estaba completamente seguro de que Rosa ya no era la actriz principal en mis sueños. Rosa ya no aparecía en ellos. Y al pensar que los kilómetros habían conseguido separarnos física y mentalmente, noté un gran alivio. En el grado de aturdimiento que estaba instalado no podía distinguir con claridad qué era ensoñación y qué era realidad. Llevaba mucho tiempo hundido en un mal sueño, tuviese o no los ojos cerrados.
-Roberto, ya no puedo seguir más así. Creo que debemos tomarnos un descanso. Me marcho una temporada a casa de Neli.
Rosa acababa de cumplir los cincuenta. Nunca habíamos pensado en la posibilidad de tener hijos, nuestra manera de vivir nos lo ponía muy difícil. Ella trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la tarde y yo de ocho a seis. Nos veíamos en la cena y poco rato después nos acostábamos. Aún así nos daba tiempo a inventar alguna pelea sin sentido.
Sus palabras no me produjeron el menor desasosiego, todo lo contrario, mis músculos se relajaron por completo.
-Bien. Me parece bien. Lo necesitamos.
No dijimos una palabra más, recogimos la mesa y ella se marchó a la habitación a preparar la maleta. Cuando terminó, salió un momento al salón, se sentó en el sofá y en diez minutos nos levantamos para ir a la cama. Sorteé su maleta, que estaba entre la cama y la cómoda y me acosté. Ella también se acostó y nos dormimos. A la mañana siguiente se marchó al trabajo con la maleta. Nos dimos un beso. Creo que la rutina quiso ofrecernos un último saludo.
Las calles de París estaban repletas de gentes caminando deprisa hacia un lado y hacia el otro. La expresión de sus caras delataba que era una jornada más. Había amanecido nublado y yo no tenía ningún plan establecido. Así lo pensé desde el primer momento. El billete de tren de ida y vuelta, doce noches de hotel y el “Trotamundos”. Era la mejor manera de sentir la libertad. Libertad, era lo que Rosa quería. Eso me dijo un par de semanas antes de marcharse, el día de su cumpleaños.
-¿Sabes cuál sería el regalo que me gustaría tener? Libertad. Y su manual de instrucciones, por supuesto. Después de cincuenta años, y de veinticinco contigo, creo que se me ha olvidado por completo como se usa.
No recuerdo lo que contesté. Lo que recuerdo es que nos enfrascamos en una nueva discusión.




III

Mi “libro guía” me había recomendado encarecidamente no obviar un almuerzo en el restaurante Chartier, un monumento de finales del XIX y que aún conservaba el aroma de la “Belle Époque”. Además estaba muy cerca de mi hotel. Después de acercarme a contemplar las doradas figuras que coronaban el palacio de la Ópera y de darme una vuelta por los Almacenes Lafayette y su colorista cúpula, recalé a la hora de comer (para mí una total novedad, la una y media, cuando en Madrid no solía comer antes de las tres) en el pasaje en el que se hallaba el restaurante. Una gran puerta giratoria de madera daba paso a un local inmenso, de altas paredes y espejos enormes enmarcados en madera y con formas redondeadas. En efecto, retrocedí un par de siglos. Todo lleno de mesas apiñadas, como era costumbre en París. Los camareros te colocaban en el primer sitio vacio que hubiese, compartiendo mesa y casi cuchara, por la cercanía, con otro turista o con alguno de los muchos parisinos que llevaban años disfrutando de tan excepcional local. Pedí el primer y segundo plato de una carta que, por el tamaño, más que carta parecía un poster. De primero, “potage de legumes”. Y de segundo “steack hache sauce poivre vert frites”. El primero me sonaba a potaje de legumbres, pero mi sorpresa fue encontrarme con un puré de verduras muy rico y que era la especialidad de la casa. El segundo, estaba claro. La primera palabra formaba parte de mi vocabulario de inglés. Carne. Estuve tan pendiente del continuo movimiento de las personas entrando y saliendo y de los camareros, que, con su delantal blanco largo y chaleco negro ambientaban aún más el lugar, como de la comida. Y me llamaron sobremanera la atención los cajoncitos numerados de los muebles que se esparcían por la sala. Según me contó un camarero, en un español afrancesado bastante comprensible, en su tiempo los habituales los alquilaban y guardaban allí sus servilletas hasta el siguiente día. A mi derecha tenía una pareja oriental, no sabría decir de qué parte de Oriente, y a mi izquierda a dos chicas que conversaban alegremente en francés. Contemplé las barras doradas que volaban sobre nuestras cabezas y en las que descansaban las chaquetas, los abrigos o las carpetas o bolsos de los comensales. Y los globos de las lámparas de araña que caían del acristalado techo. Me fije en el reloj que se alzaba en el centro del espejo del fondo. Daba las dos. Al volver la vista hacia mi plato, algo me hizo dudar y retroceder a un punto anterior, justo debajo del reloj. De nuevo, sus ojos me encontraron.
-Pel-do-ne  se-ñol.
Giré la cabeza y vi a mi compañera oriental señalarse sus vaqueros. Una pequeña mancha verdosa, sin duda procedente de mi puré de verduras, adornaba una de sus perneras.
-¡Sorry! ¡Sorry!
Respondí lo primero que se me ocurrió. Tampoco me dio tiempo a pensar que si ella se había dirigido a mí en español lo correcto es que la hubiese contestado también en español. Pensé en si su sonrisa era de verdad o si la llevaba puesta siempre. Rápidamente saqué unas toallitas humedecidas (yo las llamaba mágicas) que siempre llevaba encima y las restregué sobre la mancha. En un instante la mancha desapareció y la sonrisa de la chica creció.
-Gla-ci-as, gla-ci-as.
-¡Sorry!
Otra vez metí la pata. Mientras tanto, el chico oriental no paraba de sonreír y mirarnos. Opté por callar y volver a mi plato. Y busqué aquella mirada. Alcé la vista, pero ya no me topé con ella.

IV

Nos conocimos en la universidad, en el último año de Económicas. No recuerdo qué me llamó la atención de Rosa. Quizá por eso nuestra relación ya no existía, porque ni la memoria parecía tener interés alguno en conservar los momentos felices. Al contrario, se esforzaba día a día en hacerlos desaparecer, en borrarlos por completo, por si temiese que pudiésemos rescatarlos.
-Rosa, me gustaría que nos hiciésemos novios.
Se lo dije tres meses después de conocernos. Ella había pedido traslado de expediente, venía de Valladolid, huyendo de su familia. Nunca tuve claro el porqué.
-Vale, podemos probar.
Estuvimos de prueba un par de años, hasta que encontramos trabajo, ella en una multinacional y yo en el Estado. Y nos casamos. La monotonía se apoderó de nosotros poco a poco, siguiendo un plan preestablecido,  hasta que se convirtió en lo que ahora éramos, en un mal sueño. Un mal sueño que amenazaba con arruinar mi vida. Cada despertar me sumía en el recuerdo de la pesadilla nocturna. Rosa y su recuerdo y mi incomprensión hacia nuestro matrimonio. Ninguno de los dos lo queríamos y, sin embargo, nos había durado muchos años. Veinticinco años que ahora me parecían mentira. Abrí mi bolso y busqué el pasaporte. Miré la fecha de mi nacimiento. Luego la fecha actual, en mi móvil. Veinticinco años, esa debía ser la diferencia. La realidad lo descifraría todo. Pero no, tenía cincuenta años. Nada había sido una alucinación. Y estaba en París intentando que una pausa en mi vida me ayudase a cambiar por completo el rumbo que me llevaba hacia la profundidad del abismo en el que habitaba. No quería terminar tan pronto una existencia tan vacía.
Y ahora, que creía haber descubierto el lado bueno de la ensoñación, no sabía descifrarlo. Cómo despertar en mitad de mi fantasía y sumergirme en ella conscientemente. Allí estaría la mujer del misterio y me podría hablar, y podríamos hablarnos. Me desvelaría su secreto. Y cuando nos viésemos a la luz del día pasearíamos juntos. Algo de lo que nunca había disfrutado. A partir de ese instante dedicaría todo mi esfuerzo a seguir y desenmarañar la tela de araña en la que estaba atrapado. Y tenía entre mis dedos la punta de ese hilo que, no sin esfuerzo, me llevaría a salvarme. En los ojos de ella, de la mujer que había encontrado en el tren.

V

Abrí los ventanales de la habitación y el sol me obligó a entornar los párpados. Acababa de asomarse tras el vertiginoso sesgo de los tejados negros que daban ese porte singular a la ciudad. La avenida estaba repleta de coches y las aceras llevaban a la gente a sus trabajos.
 Después de consumida mi primera semana ya todo me parecía más lejano. A Madrid  y a Rosa los veía velados, como a través de una traslúcida cortina. Aunque estos siete días en París no me habían acercado del todo a lo que yo esperaba. Tampoco me había vuelto a cruzar con la mirada de la mujer misteriosa, pero seguía presente, y cada día con más fuerza, dentro de mí.
Hoy tenía decidido pasar el día en el Museo del Louvre. Era algo especial para mí. De niño se marcó en mi recuerdo una serie francesa de la tele que se llamaba “Belfegor, el fantasma del Louvre”. Con un ojo veía al fantasma demonio transitar por los pasillos vacíos y en penumbra del museo, hasta que llegaban mis padres y me enviaban a la cama, donde lo pasaba aún peor.
Bajé las escaleras metálicas de la pirámide de cristal del patio central y me encontré en su inmenso hall. No sabía por dónde empezar, por lo que decidí subir las escaleras que tenía frente a mí. Disponía de todo el día. Paseé por sus esculturas, por sus cuadros, por sus innumerables estancias. Viajé por un sinfín de mundos y de épocas. La tarde comenzó a caer y me sentía exhausto, necesitaba descansar y aproveché un estrecho claro entre los abarrotados bancos de una de las salas. Leí el letrero que ponía “Égypte pharaonique, circuitt hématique” con una flecha que señalaba la dirección en la que me tenía que dirigir y, después de recobrar el aliento, me encaminé hacia allí. Sería lo último que viese, eran cerca de las seis de la tarde y tenía unas ganas enormes de cenar y marcharme al hotel a dormir.
Atravesé figuras de diosas, de faraones y llegué a la sala de los sarcófagos.  Entonces fue cuando me topé con aquella momia que dejaba ver en la parte superior, entre los vendajes que recubrían todo su cuerpo, un retrato pintado sobre una tabla de madera. “Momie de femme avec portrait - IIe siècle ap. J.-C.”. No me resultó difícil traducirlo. La joven del retrato tenía los ojos grandes y redondos, acompañados por una amplia nariz, curva. Las cejas en pico. La boca pequeña. El pelo, negro, lo tenía recogido en una trenza que le rodeaba la parte superior de la cabeza, dejando al descubierto unas orejas de las que colgaban dos pendientes alargados y terminados en una perla. Un collar ceñía su cuello. Y no me cupo ninguna duda. Era la mujer del tren.
Llegué al hotel y me conecté a Internet. Tecleé en Google las palabras en francés que había apuntado en la guía del museo:
“En la época romana de Egipto, entre los siglos I y III de nuestra Era, se mezclaron la tradición egipcia de momificar, la griega de pintar y la romana de hacer retratos y de esa mezcla, en la región egipcia de El Fayum, brotó esta manera de rendir tributo a los muertos”. Los retratos del Fayum, se llamaban. No tenía ningún sentido lo que mi mente estaba fabricando. Tantos años de convivir con los sueños, con las pesadillas, aún despierto, trastornaban mi mente. Esa chica dejó de existir hace miles de años y yo pretendía que su vida pasease tranquilamente por la ciudad, ¿buscándome? Debía descansar y esperar al día siguiente para aclarar por completo las ideas.

VI

Acabé de hacer la maleta y la dejé en la consigna del hotel. Hasta las ocho de la tarde no partía el tren. Tenía tiempo de sobra para dar los últimos paseos por París. Después de mi descubrimiento en el museo intenté olvidarme de todo. Pero no pude. La noche daba paso al día y me confundía aún más. La oscuridad de mis fantasías nocturnas no dejaba traspasar apenas nada de ellas, solo se repetía su rostro, esta vez con claridad, su rostro joven y misterioso. Y el tiempo que pasaba dormido se multiplicaba por mil. Despertaba en la creencia de que habían transcurrido una incontable cantidad de horas. Pero no sentía miedo, ni cansancio, sino alegría y tranquilidad. Y, de inmediato, la inquietud del día se instalaba en mí. Y ya no me abandonaba hasta la siguiente noche.
Los últimos cuatro días se convirtieron en un borroso recuerdo, paseos y más paseos por las calles, sin rumbo fijo, preguntando a cada puerta que se abría, a cada rostro de mujer que se cruzaba en mi camino. Preguntas mudas, que no pedían respuesta. Esperaba a la caída del día para reencontrarme con ella, y siempre con la esperanza de que, de pronto, apareciese un rayo de sol, de una luz no esperada, imposible, que me descubriese allí, con ella, esta vez para siempre, fuera de todas las tinieblas.
Merodeé mil veces por los Jardines de las Tullerías, me senté en sus sillas metálicas para aprovechar los rayos de sol que traspasaban las nubes y di mil vueltas a la pirámide de cristal. Paseé por las orillas del Sena, crucé sus puentes. Me apartaba lo menos posible del Museo. Pensé volver a entrar y contemplarla, pero no me decidí. Algo, en el último instante, me alejaba de su interior.
Comí un sándwich en uno de los kioscos de los Jardines y bajé despacio hacia la Plaza de la Concordia. Desde allí me despediría de la ciudad antes de coger el Metro de vuelta al hotel para recoger las maletas. El dorado piramidión de oro del Obelisco me deslumbró. Bajé la vista y observé cómo brindaba al pavimento de la plaza la sombra que en su tiempo debió orientar a tantos y tantos egipcios. Seguí su trayectoria sobre la carretera mientras los coches rodaban sobre ella y, a su término, encontré, de nuevo, su figura. De pie. Sus ojos. Mi cuerpo fue tras ella, pero un claxon lo frenó en seco. Un autobús se cruzó entre nosotros y cuando terminó de pasar, una vez más, ya no estaba allí. Acababa de abandonar otro instante perdido.

VII

Descorrí las tableadas cortinas de la ventanilla y recorrí el andén, hasta dónde me lo permitía la amplia ventanilla del compartimento.
-Buenas tardes, señor. ¿Querría usted reservar mesa para cenar?
-No, muchas gracias.
Apenas si separé la vista del exterior para contestar. Continué un rato con la mirada perdida entre los postreros rayos de luz que, cada vez más tenues, punteaban el pavimento. Ya no la buscaba, tenía la certeza de que no volvería a aparecérseme. Porque eso era lo que había hecho estos días, aparecerse. Como esas vírgenes que llevan a las multitudes hacia sus altares más recónditos y allí las abandonan. Al menos, esas gentes se reconfortan en su alucinación, encuentran otra vida. Solo pensé en abandonar este mundo consciente que se había convertido en un mundo irreal y que me llevaba de vuelta a la zozobra de mi rutinaria existencia.
El tren se puso en marcha y avisé al interventor, que me preparó la cama. La luz del anochecer remarcaba la silueta de las edificaciones que  pasaban, cada vez más rápido, de un extremo a otro del cristal. Corrí la cortina y me dispuse a enfundarme en el pijama. Después, abrí la cama y me introduje entre sus sábanas. Un extraño cóctel de cansancio, de tristeza, de miedo y de esperanza me empujaba a cerrar los ojos, hasta que, por fin, alcancé las sombras.
Y entonces percibí el suave golpeo de sus nudillos contra la puerta.