Donde todos

Donde todos
A la venta en espacioulises.com

jueves, 30 de marzo de 2017

POEMIKRO2o17


Comienza POEMIKRO2017 y mañana, viernes 31, el primer recital en la Biblioteca Pública de Vallecas:


Os reservo butaca...

martes, 14 de marzo de 2017

Mi canal de YouTube






Por si os queréis dar una vuelta por los videos que voy colgando en mi canal de YouTube. Poco a poco iré subiendo más. Me encantaría que os pasaseis por allí y que os suscribieseis a él si os apetece. ¡Gracias!

jueves, 16 de febrero de 2017

XIX edición de Vallecas Calle del Libro



Ayer tuvimos una reunión más para preparar la próxima edición de Vallecas Calle del Libro, en la sede de Vallecas Todo Cultura, y parece que un año más se superan las expectativas. Bibliotecas, institutos, asociaciones,  medios de comunicación, Junta municipal y gente de la cultura de Vallecas están apostando cada vez más fuerte por este evento. Y es que este barrio tiene un movimiento cultural enorme y lo tiene que saber todo el mundo. Bueno, de momento, lo dejaremos en todo Madrid y casi toda España, que no es poco. La poeta homenajeada en esta edición será ElviraDaudet, gran escritora, poeta y luchadora por y desde la mujer; preparémonos para aprender. Una vez más Vallecas Todo Cultura nos permitirá conocer en profundidad la vida y obra de poetas indispensables en nuestra cultura. También se dedicarán espacios a Miguel Hernández y Gloria Fuertes, entre otros, y la comunidad autónoma invitada será Cataluña. Otro acierto de VTC: la cultura no sabe de peleas dirigidas por poderes e intereses políticos y económicos. Gran cantidad de actos culturales en colegios, instalaciones públicas y privadas y calles de Vallecas ocuparán el barrio en abril. Y este año tendremos una Feria del Libro. Ahora mismo está abierto el plazo para que enviéis fotografías al I Certamen de fotografía "GENTE LEYENDO EN VALLECAS". Más adelante, cuando se cierre el calendario de todas las actividades, ya os contaré.
Por la parte que me corresponde, ya os aviso de que el 1 de marzo se abrirá el plazo de envío de microrrelatos para participar en la IV edición del Certamen de microcuentos Vallecas Calle del Libro; las BASES ya están en la web de Vallecas Todo Cultura y también os las transcribo al final de esta entrada. Este año tiene importantes novedades, como un nuevo accésit para edad igual o menor a los dieciséis años y nuevas (y muy buenas) incorporaciones al jurado: Freya García, Noemí Trujillo y Víctor del Árbol. No está mal para que os vayáis animando, y pensando… También estoy coordinando una serie de recitales de poesía y micro (y algo más…) en distintos locales de Vallecas (POEMIKRO2o17). Os puedo asegurar que los que no podéis desplazaros a Madrid vais a pasar mucha envidia, sana, sí, muy sana, pero envidia… En cuanto esté todo cerrado ya os lo escribiré por aquí, para que reservéis fechas en el calendario.

Y os dejo, que después de un tiempo de no pasar por mi blog, al pobre lo voy a extenuar. ¡Gracias!

BASES del IV Certamen de microcuentos Vallecas Calle del Libro (edición 2017) 

1.    Los microrrelatos serán de tema libre, con la única condición de que en ellos aparezca la palabra barrio, y con una extensión máxima de 200 palabras, título incluido. Cada escritor solo podrá enviar un microrrelato a la dirección de correo electrónico certamenvallecastodocultura@hotmail.com.
En el asunto debe figurar exclusivamente: IV Certamen de microcuentos Vallecas Calle del Libro. En el cuerpo del mensaje solo debe escribirse si se opta a la modalidad de “Residente en Comunidad de Madrid” o a la de “Residente en resto de España”.
Se adjuntarán dos archivos en formato WORD, uno de ellos nombrado con el título del microrrelato participante, y que lo incluya,  y otro nombrado con dicho título y la palabra plica a continuación. En este segundo archivo se incluirán los datos personales del participante: Nombre y apellidos, teléfono móvil y dirección de correo electrónico. Los participantes cuya edad sea 16 años o menos,  deberán incluir también la fecha de nacimiento en este segundo archivo.
Los textos serán originales, inéditos en todos los medios y/o soportes (incluido Internet). No pueden haber sido premiados en ningún certamen anteriormente.
No podrán presentarse a la edición de este año 2017 los dos ganadores de la edición 2016 del certamen.

2.   Se establecen dos modalidades: Residentes en Comunidad de Madrid y Residentes en resto de España. Sin límites de edad ni nacionalidad.
Los dos ganadores formarán parte del jurado en la edición del siguiente año.

3.    La convocatoria queda abierta a partir del día 1 de marzo de 2017 y se cerrará el día 23 de abril de 2017, ambos inclusive.

4.    La mecánica para la elección del ganador de la modalidad “Residente en Comunidad de Madrid” será la siguiente:
El jurado elegirá entre todos los microrrelatos recibidos para esta modalidad cinco finalistas que deberán estar presentes en el acto que se celebrará en la Librería Muga (avda. de Pablo Neruda, 89), el día 18 de mayo de 2017 a las 19:00 horas. En ese acto se dará a conocer el nombre del ganador, procediéndose  a la lectura  de todas las obras finalistas y a la entrega de premios. Si en el momento de comunicar la condición de finalista, este no pudiese acudir al acto, deberá nombrar a un representante o, de lo contrario, se entenderá que renuncia al premio. En esta misma fecha, con anterioridad a este acto, y por cortesía del chef  Antonio Cosmen, nos reuniremos junto a los finalistas del certamen alrededor de su famoso Cocido Madrileño, avalado por la más alta puntuación otorgada por el prestigioso “Club de Amigos del Cocido”, en la “Cervecería Cruz Blanca Vallecas”, calle Carlos Martín Álvarez, 58. Esta comida literaria comenzará a las 15:00 horas.
5.   La mecánica para la elección del ganador de la modalidad “Residente en el resto de España” será la siguiente:
El jurado elegirá el  microrrelato ganador, comunicándoselo posteriormente al autor de la obra, que podrá asistir si así lo desea a la entrega de premios y a la comida literaria que tendrá lugar con anterioridad.

6.    Premios.
Modalidad “Residente en Comunidad de Madrid”
Ganador: Diploma, un lote de libros y un vale de 50 euros a canjear en la librería Muga.
Segundo clasificado: Diploma y un lote de libros.
Tercero, cuarto y quinto clasificados: Diploma y 3 libros.

Modalidad “Residente en resto de España”
Ganador: Diploma y un lote de  libros.

7.    Accésit para participantes de edad igual o menor a 16 años
Se concederá un accésit al mejor microrrelato, según la opinión del jurado, de entre los participantes de edad igual o menor a 16 años, salvo que alguno de ellos quedara finalista o ganador de alguna de las dos modalidades. En este caso no será otorgado el accésit. El premio, en el caso de ser entregado, consistirá en un diploma y 3 libros.

8.    Jurado.
El Jurado estará constituido por los escritores: Manuel Rico, Pablo Bonet, Concha Morales, Cástor Bóveda, Freya García, Víctor del Árbol y Noemí Tujillo, el periodista Roberto Blanco y los dos ganadores de la edición anterior del certamen, los escritores Miguel Ángel Gayo Sánchez y Raúl Clavero Blázquez; siendo secretario del jurado el escritor Luis Miguel Morales, con voz pero sin voto.

9.     La participación implica la aceptación plena de las presentes bases.

domingo, 22 de enero de 2017

La sombra de las horas. Relato.


Y un día nació La sombra de las horas, y llegaron también marcapáginas y momentos inolvidables. No es nostalgia de aquel tiempo, es agradecimiento. Es compartir con vosotros, una vez más, antes de vivir ese futuro que está a la espera, tras la puerta. Os dejo con el relato que da título al libro. Gracias.

I

Cuando el interventor golpeó la puerta del compartimento con los nudillos,  estaba profundamente dormido. Al despertar recordé por completo el sueño en el que me veía inmerso. Como tantas otras veces me ocurría, instantes después se me borró hasta la última imagen de él, aunque me quedó un sabor muy agradable, de enorme bienestar. Lo que últimamente no era mi costumbre.
-Perdone, señor, en cuarenta y cinco minutos llegamos a París.
Entreabrí la puerta, descorriendo la cadena, y por la rendija recogí el billete y el pasaporte.
-Aún dispone de treinta minutos antes de que cierren el restaurante, señor.
-Muchas gracias. En cinco minutos estoy allí.
Por nada del mundo quería perderme el desayuno. El traqueteo nocturno del tren me había avivado el apetito. Por más que lo intenté no logré acordarme de nada de lo soñado. Me refresqué la cara con el agua del pequeño lavabo contiguo a la ventanilla y me vestí.
El coche de los desayunos estaba situado justo al lado del mío.
-Buenos días, señor. Puede colocarse en cualquiera de estas dos mesas.
Eran las dos únicas mesas que estaban preparadas. Comprobé que desde la de mi izquierda no podría contemplar la salida del sol. Elegí la de mi derecha. En ese preciso instante el sol apareció por encima de las chimeneas de las casitas unifamiliares que manchaban el paisaje. No tenían nada que ver con las construcciones que estaba acostumbrado a ver por la zona de la periferia de Madrid, estas tenían una arquitectura totalmente distinta. Me gustaban. Era mi primera salida al extranjero. Ya no me avergonzaría más cuando me preguntasen qué países conocía, por lo menos de Francia podría hablar.
El juego de luces que propiciaba el amanecer, al traspasar el recién nacido sol los cristales empapados por el rocío, le daba un tono mágico al vagón. Fue cuando la vi. Se llevó la taza a la boca y me miró con sus enormes y redondos ojos negros. La distancia no me permitió ver con claridad sus facciones. Estaba en la mesa del final del vagón, justo enfrente de mí. 
-Caballero, ¿prefiere té o café?
Tan absorto estaba en aquella mujer que no advertí al camarero acercándose con la bandeja del desayuno.
-Perdón. Café. Con leche templada, por favor.
Mi mirada regresó hacia ella y ya solo vi su figura desaparecer por la puerta que daba al vagón cafetería. Apenas si degusté el exquisito cruasán. No dejaba de pensar en aquella mujer.
El tren se detuvo y bajé de inmediato. Pasé al lado del vagón cafetería y comprobé que había tres coches más hasta llegar a la locomotora. Aflojé el paso. Ella debía de salir de una de esas puertas. Pero no la vi. Al acabar el andén paré y me volví. Tampoco la vi entre la gente que, cargada con sus maletas, se acercaba hacia donde yo estaba. En ese momento intenté recordarla en el placentero ensueño que había concluido bruscamente el interventor.
“Esto de cambiar de país no te ha sentado muy bien”, pensé, y con ello di por finalizada la búsqueda.
Ya me habían advertido que el Metro de París circula en dirección contraria al de Madrid. Mejor dicho, en Madrid hacemos como los ingleses, al revés del mundo, pero solo con el Metro. Los trenes entran en la estación por la derecha. En París por la izquierda. No me resultó tan extraño. La verdad es que siempre he tenido el problema de no saber por dónde aparecen los trenes. Debía bajarme en “Grands Boulevards”. Allí tenía reservada la habitación, en un hotel de tres estrellas de una cadena española. Me habían hablado muy bien de él. Estaba situado a la  salida de la boca del Metro, en la esquina de la “rue” Montmartre con el “boulevard” del mismo nombre.
Resulta agradable decir buenos días y que te contestasen “bue-nos dí-as”. Sobre todo para alguien que la única lengua no materna que conoce, y poco, es el inglés. No tuve que hacer uso de mis cuatro frases prefabricadas en el idioma de Shakespeare.
Al volver a poner los pies en la calle experimenté una sensación nueva, de caminar por otro mundo, por otro planeta. Hasta el aire me parecía distinto. Y no dejaba de ser una gran ciudad, como Madrid. Era la primera vez que me separaban más de mil doscientos kilómetros de mi gente. Notaba la distancia en cada movimiento, en cada mirada. Decidí perderme el resto del día entre las grandes avenidas y los parisinos.


II

Comenzar el día con ese dulce sabor de boca no era lo habitual en mí. Pero otra vez, para mi fortuna, me había ocurrido. Ni rastro de alguna escena que pudiese darme la pista para poder desengranar el sueño. Aunque rondaba por mi cabeza con más fuerza la figura de la mujer del tren.
En los últimos tiempos me había habituado a las pesadillas y este cambio tan repentino me tenía desconcertado. Acerté con la elección de este viaje, estaba seguro. También estaba completamente seguro de que Rosa ya no era la actriz principal en mis sueños. Rosa ya no aparecía en ellos. Y al pensar que los kilómetros habían conseguido separarnos física y mentalmente, noté un gran alivio. En el grado de aturdimiento que estaba instalado no podía distinguir con claridad qué era ensoñación y qué era realidad. Llevaba mucho tiempo hundido en un mal sueño, tuviese o no los ojos cerrados.
-Roberto, ya no puedo seguir más así. Creo que debemos tomarnos un descanso. Me marcho una temporada a casa de Neli.
Rosa acababa de cumplir los cincuenta. Nunca habíamos pensado en la posibilidad de tener hijos, nuestra manera de vivir nos lo ponía muy difícil. Ella trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la tarde y yo de ocho a seis. Nos veíamos en la cena y poco rato después nos acostábamos. Aún así nos daba tiempo a inventar alguna pelea sin sentido.
Sus palabras no me produjeron el menor desasosiego, todo lo contrario, mis músculos se relajaron por completo.
-Bien. Me parece bien. Lo necesitamos.
No dijimos una palabra más, recogimos la mesa y ella se marchó a la habitación a preparar la maleta. Cuando terminó, salió un momento al salón, se sentó en el sofá y en diez minutos nos levantamos para ir a la cama. Sorteé su maleta, que estaba entre la cama y la cómoda y me acosté. Ella también se acostó y nos dormimos. A la mañana siguiente se marchó al trabajo con la maleta. Nos dimos un beso. Creo que la rutina quiso ofrecernos un último saludo.
Las calles de París estaban repletas de gentes caminando deprisa hacia un lado y hacia el otro. La expresión de sus caras delataba que era una jornada más. Había amanecido nublado y yo no tenía ningún plan establecido. Así lo pensé desde el primer momento. El billete de tren de ida y vuelta, doce noches de hotel y el “Trotamundos”. Era la mejor manera de sentir la libertad. Libertad, era lo que Rosa quería. Eso me dijo un par de semanas antes de marcharse, el día de su cumpleaños.
-¿Sabes cuál sería el regalo que me gustaría tener? Libertad. Y su manual de instrucciones, por supuesto. Después de cincuenta años, y de veinticinco contigo, creo que se me ha olvidado por completo como se usa.
No recuerdo lo que contesté. Lo que recuerdo es que nos enfrascamos en una nueva discusión.




III

Mi “libro guía” me había recomendado encarecidamente no obviar un almuerzo en el restaurante Chartier, un monumento de finales del XIX y que aún conservaba el aroma de la “Belle Époque”. Además estaba muy cerca de mi hotel. Después de acercarme a contemplar las doradas figuras que coronaban el palacio de la Ópera y de darme una vuelta por los Almacenes Lafayette y su colorista cúpula, recalé a la hora de comer (para mí una total novedad, la una y media, cuando en Madrid no solía comer antes de las tres) en el pasaje en el que se hallaba el restaurante. Una gran puerta giratoria de madera daba paso a un local inmenso, de altas paredes y espejos enormes enmarcados en madera y con formas redondeadas. En efecto, retrocedí un par de siglos. Todo lleno de mesas apiñadas, como era costumbre en París. Los camareros te colocaban en el primer sitio vacio que hubiese, compartiendo mesa y casi cuchara, por la cercanía, con otro turista o con alguno de los muchos parisinos que llevaban años disfrutando de tan excepcional local. Pedí el primer y segundo plato de una carta que, por el tamaño, más que carta parecía un poster. De primero, “potage de legumes”. Y de segundo “steack hache sauce poivre vert frites”. El primero me sonaba a potaje de legumbres, pero mi sorpresa fue encontrarme con un puré de verduras muy rico y que era la especialidad de la casa. El segundo, estaba claro. La primera palabra formaba parte de mi vocabulario de inglés. Carne. Estuve tan pendiente del continuo movimiento de las personas entrando y saliendo y de los camareros, que, con su delantal blanco largo y chaleco negro ambientaban aún más el lugar, como de la comida. Y me llamaron sobremanera la atención los cajoncitos numerados de los muebles que se esparcían por la sala. Según me contó un camarero, en un español afrancesado bastante comprensible, en su tiempo los habituales los alquilaban y guardaban allí sus servilletas hasta el siguiente día. A mi derecha tenía una pareja oriental, no sabría decir de qué parte de Oriente, y a mi izquierda a dos chicas que conversaban alegremente en francés. Contemplé las barras doradas que volaban sobre nuestras cabezas y en las que descansaban las chaquetas, los abrigos o las carpetas o bolsos de los comensales. Y los globos de las lámparas de araña que caían del acristalado techo. Me fije en el reloj que se alzaba en el centro del espejo del fondo. Daba las dos. Al volver la vista hacia mi plato, algo me hizo dudar y retroceder a un punto anterior, justo debajo del reloj. De nuevo, sus ojos me encontraron.
-Pel-do-ne  se-ñol.
Giré la cabeza y vi a mi compañera oriental señalarse sus vaqueros. Una pequeña mancha verdosa, sin duda procedente de mi puré de verduras, adornaba una de sus perneras.
-¡Sorry! ¡Sorry!
Respondí lo primero que se me ocurrió. Tampoco me dio tiempo a pensar que si ella se había dirigido a mí en español lo correcto es que la hubiese contestado también en español. Pensé en si su sonrisa era de verdad o si la llevaba puesta siempre. Rápidamente saqué unas toallitas humedecidas (yo las llamaba mágicas) que siempre llevaba encima y las restregué sobre la mancha. En un instante la mancha desapareció y la sonrisa de la chica creció.
-Gla-ci-as, gla-ci-as.
-¡Sorry!
Otra vez metí la pata. Mientras tanto, el chico oriental no paraba de sonreír y mirarnos. Opté por callar y volver a mi plato. Y busqué aquella mirada. Alcé la vista, pero ya no me topé con ella.

IV

Nos conocimos en la universidad, en el último año de Económicas. No recuerdo qué me llamó la atención de Rosa. Quizá por eso nuestra relación ya no existía, porque ni la memoria parecía tener interés alguno en conservar los momentos felices. Al contrario, se esforzaba día a día en hacerlos desaparecer, en borrarlos por completo, por si temiese que pudiésemos rescatarlos.
-Rosa, me gustaría que nos hiciésemos novios.
Se lo dije tres meses después de conocernos. Ella había pedido traslado de expediente, venía de Valladolid, huyendo de su familia. Nunca tuve claro el porqué.
-Vale, podemos probar.
Estuvimos de prueba un par de años, hasta que encontramos trabajo, ella en una multinacional y yo en el Estado. Y nos casamos. La monotonía se apoderó de nosotros poco a poco, siguiendo un plan preestablecido,  hasta que se convirtió en lo que ahora éramos, en un mal sueño. Un mal sueño que amenazaba con arruinar mi vida. Cada despertar me sumía en el recuerdo de la pesadilla nocturna. Rosa y su recuerdo y mi incomprensión hacia nuestro matrimonio. Ninguno de los dos lo queríamos y, sin embargo, nos había durado muchos años. Veinticinco años que ahora me parecían mentira. Abrí mi bolso y busqué el pasaporte. Miré la fecha de mi nacimiento. Luego la fecha actual, en mi móvil. Veinticinco años, esa debía ser la diferencia. La realidad lo descifraría todo. Pero no, tenía cincuenta años. Nada había sido una alucinación. Y estaba en París intentando que una pausa en mi vida me ayudase a cambiar por completo el rumbo que me llevaba hacia la profundidad del abismo en el que habitaba. No quería terminar tan pronto una existencia tan vacía.
Y ahora, que creía haber descubierto el lado bueno de la ensoñación, no sabía descifrarlo. Cómo despertar en mitad de mi fantasía y sumergirme en ella conscientemente. Allí estaría la mujer del misterio y me podría hablar, y podríamos hablarnos. Me desvelaría su secreto. Y cuando nos viésemos a la luz del día pasearíamos juntos. Algo de lo que nunca había disfrutado. A partir de ese instante dedicaría todo mi esfuerzo a seguir y desenmarañar la tela de araña en la que estaba atrapado. Y tenía entre mis dedos la punta de ese hilo que, no sin esfuerzo, me llevaría a salvarme. En los ojos de ella, de la mujer que había encontrado en el tren.

V

Abrí los ventanales de la habitación y el sol me obligó a entornar los párpados. Acababa de asomarse tras el vertiginoso sesgo de los tejados negros que daban ese porte singular a la ciudad. La avenida estaba repleta de coches y las aceras llevaban a la gente a sus trabajos.
 Después de consumida mi primera semana ya todo me parecía más lejano. A Madrid  y a Rosa los veía velados, como a través de una traslúcida cortina. Aunque estos siete días en París no me habían acercado del todo a lo que yo esperaba. Tampoco me había vuelto a cruzar con la mirada de la mujer misteriosa, pero seguía presente, y cada día con más fuerza, dentro de mí.
Hoy tenía decidido pasar el día en el Museo del Louvre. Era algo especial para mí. De niño se marcó en mi recuerdo una serie francesa de la tele que se llamaba “Belfegor, el fantasma del Louvre”. Con un ojo veía al fantasma demonio transitar por los pasillos vacíos y en penumbra del museo, hasta que llegaban mis padres y me enviaban a la cama, donde lo pasaba aún peor.
Bajé las escaleras metálicas de la pirámide de cristal del patio central y me encontré en su inmenso hall. No sabía por dónde empezar, por lo que decidí subir las escaleras que tenía frente a mí. Disponía de todo el día. Paseé por sus esculturas, por sus cuadros, por sus innumerables estancias. Viajé por un sinfín de mundos y de épocas. La tarde comenzó a caer y me sentía exhausto, necesitaba descansar y aproveché un estrecho claro entre los abarrotados bancos de una de las salas. Leí el letrero que ponía “Égypte pharaonique, circuitt hématique” con una flecha que señalaba la dirección en la que me tenía que dirigir y, después de recobrar el aliento, me encaminé hacia allí. Sería lo último que viese, eran cerca de las seis de la tarde y tenía unas ganas enormes de cenar y marcharme al hotel a dormir.
Atravesé figuras de diosas, de faraones y llegué a la sala de los sarcófagos.  Entonces fue cuando me topé con aquella momia que dejaba ver en la parte superior, entre los vendajes que recubrían todo su cuerpo, un retrato pintado sobre una tabla de madera. “Momie de femme avec portrait - IIe siècle ap. J.-C.”. No me resultó difícil traducirlo. La joven del retrato tenía los ojos grandes y redondos, acompañados por una amplia nariz, curva. Las cejas en pico. La boca pequeña. El pelo, negro, lo tenía recogido en una trenza que le rodeaba la parte superior de la cabeza, dejando al descubierto unas orejas de las que colgaban dos pendientes alargados y terminados en una perla. Un collar ceñía su cuello. Y no me cupo ninguna duda. Era la mujer del tren.
Llegué al hotel y me conecté a Internet. Tecleé en Google las palabras en francés que había apuntado en la guía del museo:
“En la época romana de Egipto, entre los siglos I y III de nuestra Era, se mezclaron la tradición egipcia de momificar, la griega de pintar y la romana de hacer retratos y de esa mezcla, en la región egipcia de El Fayum, brotó esta manera de rendir tributo a los muertos”. Los retratos del Fayum, se llamaban. No tenía ningún sentido lo que mi mente estaba fabricando. Tantos años de convivir con los sueños, con las pesadillas, aún despierto, trastornaban mi mente. Esa chica dejó de existir hace miles de años y yo pretendía que su vida pasease tranquilamente por la ciudad, ¿buscándome? Debía descansar y esperar al día siguiente para aclarar por completo las ideas.

VI

Acabé de hacer la maleta y la dejé en la consigna del hotel. Hasta las ocho de la tarde no partía el tren. Tenía tiempo de sobra para dar los últimos paseos por París. Después de mi descubrimiento en el museo intenté olvidarme de todo. Pero no pude. La noche daba paso al día y me confundía aún más. La oscuridad de mis fantasías nocturnas no dejaba traspasar apenas nada de ellas, solo se repetía su rostro, esta vez con claridad, su rostro joven y misterioso. Y el tiempo que pasaba dormido se multiplicaba por mil. Despertaba en la creencia de que habían transcurrido una incontable cantidad de horas. Pero no sentía miedo, ni cansancio, sino alegría y tranquilidad. Y, de inmediato, la inquietud del día se instalaba en mí. Y ya no me abandonaba hasta la siguiente noche.
Los últimos cuatro días se convirtieron en un borroso recuerdo, paseos y más paseos por las calles, sin rumbo fijo, preguntando a cada puerta que se abría, a cada rostro de mujer que se cruzaba en mi camino. Preguntas mudas, que no pedían respuesta. Esperaba a la caída del día para reencontrarme con ella, y siempre con la esperanza de que, de pronto, apareciese un rayo de sol, de una luz no esperada, imposible, que me descubriese allí, con ella, esta vez para siempre, fuera de todas las tinieblas.
Merodeé mil veces por los Jardines de las Tullerías, me senté en sus sillas metálicas para aprovechar los rayos de sol que traspasaban las nubes y di mil vueltas a la pirámide de cristal. Paseé por las orillas del Sena, crucé sus puentes. Me apartaba lo menos posible del Museo. Pensé volver a entrar y contemplarla, pero no me decidí. Algo, en el último instante, me alejaba de su interior.
Comí un sándwich en uno de los kioscos de los Jardines y bajé despacio hacia la Plaza de la Concordia. Desde allí me despediría de la ciudad antes de coger el Metro de vuelta al hotel para recoger las maletas. El dorado piramidión de oro del Obelisco me deslumbró. Bajé la vista y observé cómo brindaba al pavimento de la plaza la sombra que en su tiempo debió orientar a tantos y tantos egipcios. Seguí su trayectoria sobre la carretera mientras los coches rodaban sobre ella y, a su término, encontré, de nuevo, su figura. De pie. Sus ojos. Mi cuerpo fue tras ella, pero un claxon lo frenó en seco. Un autobús se cruzó entre nosotros y cuando terminó de pasar, una vez más, ya no estaba allí. Acababa de abandonar otro instante perdido.

VII

Descorrí las tableadas cortinas de la ventanilla y recorrí el andén, hasta dónde me lo permitía la amplia ventanilla del compartimento.
-Buenas tardes, señor. ¿Querría usted reservar mesa para cenar?
-No, muchas gracias.
Apenas si separé la vista del exterior para contestar. Continué un rato con la mirada perdida entre los postreros rayos de luz que, cada vez más tenues, punteaban el pavimento. Ya no la buscaba, tenía la certeza de que no volvería a aparecérseme. Porque eso era lo que había hecho estos días, aparecerse. Como esas vírgenes que llevan a las multitudes hacia sus altares más recónditos y allí las abandonan. Al menos, esas gentes se reconfortan en su alucinación, encuentran otra vida. Solo pensé en abandonar este mundo consciente que se había convertido en un mundo irreal y que me llevaba de vuelta a la zozobra de mi rutinaria existencia.
El tren se puso en marcha y avisé al interventor, que me preparó la cama. La luz del anochecer remarcaba la silueta de las edificaciones que  pasaban, cada vez más rápido, de un extremo a otro del cristal. Corrí la cortina y me dispuse a enfundarme en el pijama. Después, abrí la cama y me introduje entre sus sábanas. Un extraño cóctel de cansancio, de tristeza, de miedo y de esperanza me empujaba a cerrar los ojos, hasta que, por fin, alcancé las sombras.
Y entonces percibí el suave golpeo de sus nudillos contra la puerta.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Entrevista en Vallecas Va

Os transcribo la entrevista que me hizo Roberto Blanco para la edición de este mes de noviembre de Vallecas Va. Agradecido, como siempre.


Me he convertido en alguien que ya no puede vivir sin la literatura

Luis Miguel Morales, vallecano y escritor, acaba de publicar y presentar en la Librería Muga ‘Donde todos’, su primera incursión en el género novelístico

ROBERTO BLANCO TOMÁS

Luis Miguel Morales es ya de sobra conocido por nuestros lectores. A este vallecano, hace unos diez o quince años, le dio “por dedicarse a este oficio de escribir”. Sigue con ello: “cada vez estoy más dentro de ese oficio y más fuera de otros”, nos explica, hasta el punto de que se ha convertido “en alguien que ya no puede vivir sin la literatura”. Acaba de publicar la novela Donde todos, de la que hablamos en una entrevista la mar de agradable realizada en su casa, en la habitación donde escribe.

Repasemos lo que llevas publicado hasta el momento…
Comencé con La sombra de las horas, libro de relatos que autoedité con Círculo Rojo en diciembre de 2011. Precisamente uno de sus relatos fue el que me animó a continuar, El tiempo, premiado en el Certamen de Narrativa Corta Carmen Martín Gaite. Luego he participado bastantes antologías, y también he escrito relatos para revistas culturales. Después de eso entré en la editorial Playa de Ákaba, con la que sigo, donde me han incluido en la “Generación Subway”. Y luego, como estaba tonteando con la poesía, envié a mi editorial un poemario, y mi sorpresa fue que quisieron publicarlo: se titula Apenas lucidez. De antes tengo también otro libro de relatos, El dedo índice de mi mano izquierda, solo en digital, pero lo quiero sacar en papel. Y ahora sale Donde todos, mi primera novela.

¿Qué va a encontrar el lector en ella?
Va a encontrar un personaje, un hombre, que una mañana, como una más de los últimos veinte años, entra en su coche, lo pone en marcha y se mete en la carretera. Trabaja en una empresa que se llama Te Cuento, y vende historias. Es como los repartidores de cualquier producto: le asignan sus clientes del día, va a sus direcciones, lee un cuento, le pagan, y ya está. Estos cuentos, una vez leídos, han de desaparecer por contrato. Ésas son las condiciones de la empresa: tiene prohibido guardarlos, los tiene que destruir. Esa mañana, según va por la carretera, todas esas historias que tiene en su mente, el único sitio donde existen, le dicen: “quiero salir”. Entonces se da cuenta de que algo no funciona, que no tiene sentido lo que está haciendo, que a él —y ahí, un poco, empieza todo— lo que le gustaría es que esas historias salieran adelante.

¿Cómo surge esta idea?
Ha ido surgiendo... No hay un momento concreto, porque además, entre estos relatos que crea el protagonista hay algunos que ya los tenía escritos. No los he metido por meter, porque eso distorsionaría toda la novela, pero me he dicho: “anda, éstos me vienen de maravilla para lo que quiero contar”. Entonces los he ido enlazando y situando en el momento justo donde yo quería. En cuanto a la idea principal de la novela, me llegó un día en el que estaba buscando temas y “dándoles vueltas” para hacer algo… El caso es que a mí me gusta mucho interactuar entre realidad y ficción y confundirlas, es el terreno donde me encuentro a gusto, algo que ya se ve desde un principio en la novela. A partir de esta premisa, fui entremezclándolo todo, la idea original y los relatos, y en ese sentido esta novela es un poco “Frankenstein”: está todo “cosido”... Pero claro, hay una trama principal, en torno a un personaje que es el eje de la novela. También he de decir que me gustan los personajes obsesivos, para bien y para mal [risas], y este personaje tiene una obsesión, que es el amor: hay una chica por medio que para mí es tan importante como la otra trama que te he comentado, son paralelas.

Has practicado muchos géneros… ¿Hay en alguno de ellos que te guste especialmente?
Me gusta cualquiera, siempre que quede satisfecho. Si estoy satisfecho del resultado, me da lo mismo el género. Quizá me muevo mejor en el relato corto, en una o dos páginas, porque es más inmediato. Pero suelo plantearme retos, probando formatos nuevos para mí, siempre manteniendo mi estilo propio. Ya digo: me siento a gusto con todo, y a lo mejor me inclina a hacer más cosas cortas el tiempo de que dispongo, que en la actualidad es limitado, pero en un futuro espero tener más.

¿Cómo es tu relación con Vallecas?
Mi relación con mi barrio, como abarca todos mis años de vida, es uña y carne [risas]... Pasé la niñez en la Colonia de Santa Ana, y aunque estuve unos años viviendo en Pacífico, enseguida volvimos. Luego fui al instituto Tirso de Molina en horario nocturno, porque ya estaba trabajando. Allí conocí a la que es hoy mi mujer, y también encontré mucho movimiento: teníamos las manifestaciones de la Transición, las movilizaciones por la situación del propio instituto, que luego lo tuvieron que tirar y hacer uno nuevo… Y eso te hacía ver el cambio bestial de estar viviendo en Vallecas tu vida de niño a vivir allí de adolescente y encontrarte en un entorno bastante “movido”. Ahí empecé a vivir ese “ambiente distinto” de Vallecas, con movilizaciones en los barrios, con todas las asociaciones… Y en cuanto a la cultura, también descubrí un “mundillo” bastante particular…
 Luego vivimos mi mujer y yo durante diez años en el barrio de San Diego, y después, a principios de los noventa, otra de las movidas gordas en las que estuve fue la de esta casa [vive cerca de la Asamblea de Madrid], que era de PSV, la cooperativa que luego se fue al garete. Teníamos el edificio medio construido y se pararon las obras. Hubo que pelear, y fue fundamental la unión de los vecinos para salvarlo.
Pero te diré también que yo esto de “ser de Vallecas” lo vivo con un carácter abierto, pues este barrio lo es: aquí buena parte de la gente viene de fuera, trabajadores que han ido llegando de múltiples procedencias, y ésa es la maravilla. Yo soy de Vallecas y de Madrid, pero estoy encantado de que alguien sea vallecano y no proceda de Vallecas.

¿En qué andas actualmente, aparte de la novela?
Ya estamos con la próxima edición del concurso de microrrelatos de Vallecas Calle del Libro, y va a haber novedades. Va a unirse al jurado Víctor del Árbol, el último Premio Nadal, y también tendremos a Freya García, la ganadora del primer año. Al mismo tiempo, se están buscando más patrocinadores y se va a mover el certamen por más lugares, por ejemplo por los institutos. En general, se va a revitalizar el certamen. Y aparte de éste, también se está buscando dar un poco más de notoriedad a los poetas y escritores en el propio Vallecas Calle del Libro, con recitales por distintos lugares, dentro y fuera de Vallecas. Me voy a encargar de coordinar ese ciclo “itinerante” de poesía y relatos.

¿Algún mensaje especial para nuestros lectores?

Creo que el movimiento cultural que hay en Vallecas es importante, pero también creo que, habiendo aquí tanta gente dedicada a la cultura (escritores, teatro, música…), tenemos que seguir adelante y potenciarlo aún más, pues estoy convencido de que se puede. Hay materia prima más que de sobra…

domingo, 23 de octubre de 2016

Presentación de Donde todos en la librería Muga

Ya lo podéis encontrar en la web de Playa de Ákaba


Aquí está. El próximo sábado 29 de octubre, a las 12 de la mañana, la editorial Playa de Ákaba presentará Donde todos en la librería Muga. Creo que yo estoy invitado, aunque ese personaje que se esconde aquí arriba tras el respaldo de la silla será el protagonista, y bien merecido que se lo tiene. Ya os contaré unos días después cómo se porta. Sí os puedo adelantar que está muy ilusionado con su puesta de largo, no en vano llevaba tiempo a la intemperie de un manuscrito y a la espera de las tapas que a partir del sábado lo cobijarán. Y yo, que algo de culpa he tenido en su fría espera, me siento responsable, pero en mi defensa he de decir que todo ha sido porque no quería que cualquier vestido lo cubriese. No se merecían los amigos que me han ayudado -y a los que por mucho que agradezca sus lecturas, sus ánimos, sus correcciones, sus consejos, sus, sus, sus..., nunca será suficiente- que lo enfundase en un traje Made in China, no. Por eso esperé hasta encontrar un sastre como Playa de Ákaba. 

El sábado comienzan a rodar las ruedas de esa silla que espero recorran un montón de kilómetros. GRACIAS.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Donde todos (Playa de Ákaba, 2016)


Dejó la taza de café sobre la mesa y se dispuso a cortar un pequeño trozo de bizcocho de limón. Así le gustaba tomarlo, poco a poco, saboreándolo, como hubiese querido hacer con su existencia, y no habérsela comido de un solo bocado. Un bocado amargo y sin sustancia. Esa era la sensación que ahora tenía mientras esperaba que le recolocasen la matrícula en la parte de atrás de su coche. 
Donde todos (Playa de Ákaba, 2016)


domingo, 2 de octubre de 2016

PALABRAS a ras DE PIEL - Ciclo de poesía contemporánea POéTIKAS



Pues sí, ya los veis, ahí están, en espera de que llegue este martes. Estos son los primeros de la manada, porque a los zorripoemas, al contrario que a los zorros, no les importa vivir en manada. Hay más, pero prefirieron no salir en la foto. Y todos ellos deseando ser adoptados.


Os esperan, os esperamos Concha y yo, el martes, en Arroyo del Olivar, 34. En Vallecas. En la librería La esquina del zorro. En el ciclo de poesía contemporánea POéTIKAS.


Al fin y al cabo,
lo que yo escribo se queda entre tú y yo,
entre yo y tus cinco sentidos
y la voz que callada permanece.
Al fin y al cabo,
lo que piensen de mí ya no tiene sentido
porque lo que escribo se queda entre tú y yo.
Concha Morales


Ocurre,
aunque no lo veamos,
que la noche nace
para nosotros,
que todas las nubes del universo
han quedado a la hora exacta
y creen en estos dos habitantes del mundo.
Luis Miguel Morales

viernes, 23 de septiembre de 2016

Ciclo Hablar de libros es bueno, de la editorial Playa de Ákaba


Portada y contraportada de la revista Esencias de Ákaba. 

Ayer por la tarde, en el Espacio Leer de Madrid,


se presentó el primer número de la revista Esencias de Ákaba y el ciclo Hablar de libros es bueno, de la editorial Playa de Ákaba. En la revista, compañeros de la editorial comparten sus relatos o sus poemas con un tema como eje: A través de la ventana. No os lo perdáis.





Más tarde, nuestro compañero Eduardo S. Aznar nos habló de su novela El manipulador de sueños y la tarde, ya noche, acabó con el libro de entrevistas Hablar de libros es bueno y algunas de sus voces.

Sobre el ciclo que se abrió ayer deciros que ahí estará mi Donde todos, el día 29 de octubre, en la librería Muga.












Y antes, el 6 de octubre, andaré con mis compañeros de antología por la librería Central de Callao con Subway Hub.

Vamos, que el otoño comienza movido. Os seguiré contando. ¡Gracias, amigos!




jueves, 8 de septiembre de 2016

No siempre

La foto es de mi hermana Concha. Así es muy fácil esperar a que llegue la inspiración... Gracias a ella y a VallecasVa por dejarme entrar en su rincón este mes.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Donde todos



De nuevo por aquí. Y para contaros que mi novela Donde todos la publica Playa de Ákaba y os la presentaremos el 29 de octubre próximo en la librería Muga. Pues qué más le puedo pedir a la vuelta de vacaciones... Ya os iré contando más cosas y más presentaciones de la Generación Subway. Otoño calentito, y no solo por las temperaturas. Os dejo con el inicio de Donde todos.


La puerta de la furgoneta no se dejaba abrir a la primera. Necesitó un par de intentos.

—Está algo descolgada; debo ir al taller esta tarde. Sin falta.

El furgón rojo y la furgoneta blanca. Doce años aguantó el primero. Y la segunda le tenía que durar, como mínimo, otros cuatro años más. Soltó la cartera sobre el asiento del copiloto y miró en el interior de la guantera. No buscaba nada. Siempre que entraba en el coche lo hacía así. Se acomodó y giró la llave de contacto. Escuchó el ruido del motor y el paisaje comenzó a sucederse, un día más, por encima del salpicadero. La casa de los ladrillos rojos. El hotel en medio de la nada. Las encinas.

—Debo ir al taller esta tarde —volvió a repetir la frase al poco de iniciar el trayecto; en voz alta—. Quizá me estoy haciendo viejo; pensar lo mismo más de una vez, tan seguido, de idéntica manera, como si no hubiesen existido antes esas palabras colocadas así, es síntoma de hacerse mayor.

Al momento, los recuerdos parecieron querer regresar a la vida que un día tuvieron. Y, a continuación, como si hubiesen estado ahí, agazapadas, esperando a que su memoria les diese el pistoletazo de salida, las historias.

viernes, 22 de julio de 2016

La librería más bonita del mundo



Os dejo con mi aportación a La librería más bonita del mundo, una antología de relatos breves que acaba de publicar Playa de Ákaba para rendir homenaje a las librerías, imprescindibles para nosotros los escritores y para nosotros los lectores. Un relato que es mi particular tributo a los libreros de la librería Muga, la librería de mi barrio, y mucho más…


Nada es extraño

No es nada extraño que la gente se plante delante del cristal y lo mire de un extremo al otro. Que se detenga en las últimas novedades y, después de un rato más o menos largo, se acerque a contemplar con detenimiento los libros que presiden el escaparate, los que se colocan bajo el cartel de los más vendidos. No es nada extraño, por supuesto, lo raro e indeseable sería  que nadie se fijase en esos metros cuadrados que separan la acera del mostrador tras el que me encuentro ahora. Por qué me llamaría tanto la atención aquel individuo. Un jersey de lo menos llamativo, unos pantalones vaqueros y, agarrado por su mano derecha, el mango de un paraguas que a veces, a la edad que presentía en ese hombre, se usa más como bastón que como resguardo de una posible lluvia. Una lluvia que, recuerdo, llegó esa primera vez que me fijé en él. Llegó y se lo llevó sin que hiciera ademán de traspasar la puerta para seguir investigando entre los libros que albergaban mis estanterías. Abrió el paraguas y desapareció calle arriba.

Un par de días después apareció de nuevo. No sé el tiempo que llevaba allí. La mujer que me compró el libro insistió ante mi negativa, ante mi obcecación. Perdóneme pero es que no me queda ninguno, y casi le podría asegurar que nunca he tenido uno con ese título, ni siquiera me aparece en el ordenador. Y es que no me suenan nada ni el título, ni el autor, ni la editorial. Si quiere hablo con algunos distribuidores y si lo encuentro se lo pido, y en una semana como máximo lo tendrá aquí, no se preocupe. Pero es que lo he visto ahí fuera, ahí, mire, justo donde mira el señor que está parado frente a la cristalera. El mismo jersey, el mismo pantalón y el mismo paraguas. Hacía sol, ni una nube que lo escondiese o dejase adivinar la eventualidad de algún cercano aguacero. Aturdido, me acerqué a la vitrina y cogí el volumen. Cómo era posible. Veinte años de negocio, no era lógico que esto me sucediese a mí, siempre comprobaba que de los libros que exponía a los paseantes quedase al menos uno en el almacén o dentro del local. Choqué con sus ojos, una mirada quizá ausente que se convirtió, en apenas un segundo, en afecto. Eso vi. Una historia. Así se titulaba. De Pedro Arnau. Me di la vuelta rápido, no me gusta hacer esperar a los clientes y menos cuando uno ha cometido una falta. Me disculpé una y otra vez ante la clienta. Se marchó. La editorial, no recordaba la editorial. Lluvia, sí, Lluvia. El hombre. Busqué su figura tras los libros. No la encontré. Me acerqué rápido a la puerta, la abrí, di dos pasos y pisé la acera, miré a un lado y a otro de la calle. Ni rastro de él. Volví tras el mostrador y tecleé: Lluvia. Sí, ahí estaba la editorial, pero ni ese título ni ese autor aparecían en su catálogo. Una historia. Nada. De nuevo lo tecleé. Nada. Tecleé Pedro Arnau. Nada. De nuevo lo tecleé. Nada.
Siete días no hicieron posible que me olvidase de aquello. Llamé a todas las distribuidoras, hablé con la editorial, con otros editores, con autores, con otros colegas. Nadie conocía el libro. Ni conocía al autor. Si al menos la mujer que me lo compró hubiese sido una clienta habitual. Debió de ser la primera vez que entraba. La primera y la última. Cada vez es menos frecuente que gente desconocida pase a comprar en una pequeña librería de barrio, una pequeña librería escondida en una calle escondida. Demasiada casualidad, un libro que no existe, un hombre que solo ha existido en un par de ocasiones al otro lado del cristal y una clienta que es posible tampoco existiese. Demasiada casualidad.

Hace unos diez minutos que apareció por la puerta. El paraguas, el pantalón y el jersey. Inmaculados. Apenas si me miró, de reojo; creí oír un buenos días que luchaba por traspasar sus labios, se encaminó hacia las estanterías del final, las que son antesala de un pequeño cuarto en el que a veces los clientes se detienen a leer un libro de los muchos que existen aquí. Allí tengo una silla, cómoda, con dos brazos, y una pequeña mesita redonda sobre la que siempre hay un bolígrafo, un lápiz y unas cuartillas en blanco. Y una lamparita que descubrí un día en la tienda de antigüedades de la esquina. Se sentó. Lo vi desde mi lugar, aún inmóvil, incrédulo. A mis clientes les encanta ese lugar. Y a mí. Desde aquí siempre veo a alguno sentado, ojeando algún libro que acaba de alcanzar de alguna estantería. A veces los compran, a veces no. En otras ocasiones apuntan algo sobre una de las cuartillas y la guardan en sus bolsillos. Él no se había acercado a las estanterías y, sin embargo, observé cómo leía un libro. Pasaba sus hojas. Despacio. Y acomodó un bolígrafo entre los dedos. Escribió algo en las primeras páginas del libro.

Diez minutos. Ni un cliente entra o sale. Aún no me he movido de aquí. No sé. No puedo. Ahí sigue. Ahora, cierra las tapas. Se levanta. Pasa de nuevo frente a mí. Buenos días. Sí, creo que lo he oído. Un susurro. Quizá un leve gesto, una sonrisa. Me he fijado, los zapatos brillan; negros, con cordones. La puerta se cierra. Ha recorrido todo el escaparate, he visto su semblante, distraído, por encima de los libros, he visto su jersey escaparse por la línea horizontal del cristal. Debo ir hacia allí. Debo levantarme e ir hacia la mesa.

Pablo se dirigió a la mesa. Notó la tibieza del asiento. El libro parecía nuevo. Una historia. Autor, Pedro Arnau. Editorial, Lluvia. No entendía nada. Le dio miedo abrir sus tapas. Pero tenía que hacerlo, estaba seguro de que encontraría alguna pista. La hoja vacía de todos los libros. La siguiente, Pedro Arnau, Una historia. El reverso, Primera edición, fechada en el mes y el año actuales. Qué extraño todo. En la siguiente página de nuevo el título. Y, debajo, una dedicatoria, A mi librero. No entendía nada. A continuación, unas líneas escritas a mano: Aún recuerdo tu expresión cuando entró mi primera lectora a la librería y encontraste el libro en el escaparate, ese libro que ni  tú ni nadie conocíais. Ahí estaba, en primera línea, colocado entre las últimas novedades. Presidía el selecto grupo de libros más vendidos. La tuya sería la librería donde me daría a conocer, lo tuve muy claro desde  la primera vez que la vi, que os vi. Por eso nació ahí. Nada de grandes almacenes.  Pablo se levantó y, aún sin saber muy bien lo que ocurría, se volvió a su lugar, tras el mostrador. Abrió de nuevo el libro y comenzó a leer el primer capítulo: Se calza los zapatos, se recrea en su brillo antes de ajustar los cordones con una lazada simple. Hace un repaso frente al espejo. Los pantalones vaqueros y el jersey. Antes de abrir la puerta alcanza el paraguas, siempre le ha gustado colgar su redondeado mango en la percha del recibidor. El ascensor. Un viaje metálico que le acerca a la calle. Llueve.